No hay que temer

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“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33. Antes de saber que Jesús había resucitado, los discípulos se hallaban en un estado de postración y de tristeza inimaginables. Hasta tal punto, que cuando María Magdalena vino a anunciarles la resurrección, ellos, ocupados en llorar y gemir, no le creyeron (Mr. 16:11).

A pesar de que Cristo anunció varias veces que moriría y resucitaría al tercer día, los discípulos nunca habían interiorizado aquellas palabras. Para ellos, la crucifixión había marcado el final de su discipulado, y cada uno regresó a su casa y a sus profesiones respectivas. Mas Cristo se les apareció para devolverles el gozo, y cuando les enseñó sus llagas y su costado, pruebas irrefutables de que era Él, aquellos se regocijaron grandemente.

Existe un concepto erróneo, según el cual, el cristiano camina por un sendero de rosas, y que ninguna tristeza puede afectarlo, porque esto significaría que Dios ya no está con él. No obstante, esta idea contradice las palabras del Señor Jesucristo cuando dijo que en esta tierra no seríamos exentos de tribulaciones, pero que Él se comprometía a darnos Su paz divina. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” ( Jn. 16:33). Nuestra victoria estriba en proclamar que por medio de la fe, hemos vencido al mundo junto con Cristo.

De otra parte, Cristo venció no solamente a la tristeza, sino también a la ignorancia. Después de haber resucitado, se apareció a dos discípulos que iban al campo; mas ellos no lo reconocieron, y hasta lo llamaron “forastero” (Lc. 24:18). Al oír estas palabras, nuestro Salvador les reprochó su ignorancia, diciéndoles: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (Lc. 24:25). Cristo, pues, recurrió a la Palabra para devolverles el gozo que deriva de la fe. Mas cuando lo contaron a los otros apóstoles, ninguno les creyó (Mr. 16:12). Entonces, cuando Cristo se apareció a estos, les reprochó tanto la dureza de su corazón (terquedad) como su incredulidad.

Cuando Dios quiere revelarse a una persona, siempre lo hace por medio de las Escrituras. Estas producen fe, y la fe le lleva a Cristo, desintegrando la incredulidad del corazón (Ro. 10:17). La fe genuina no permite que nada ni nadie pueda apartarnos del amor sublime de Dios, ni siquiera la muerte. Esto es, porque nuestra vida está fundamentada en la roca que es Cristo. Recordemos que “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor… porque Dios es amor” ( Jn. 4:18; 1 Jn. 4:8).

¿Quién, pues, nos hará dudar su existencia, cuando hemos recibido el testimonio de que Jesucristo vive en nuestros corazones? ¿De que Él es real? ¿De que su perdón todavía está vigente para todo aquel que se acerca al trono de la gracia?

Amado lector, puede ser que nunca haya experimentado el gozo de la salvación, o bien que, habiéndolo experimentado, los quehaceres de la vida le hayan alejado de Dios. En esta hora, Dios lo está llamando y le está dando una oportunidad de aceptarlo. Si usted lo hace, Él lo recibirá y lo hará heredero del reino de los cielos instantáneamente.

En cambio, si usted ya es salvo, gócese de su salvación en todo momento. La muerte ha sido sorbida en la victoria de Cristo en el Calvario, no tenemos de qué temer. Que Dios lo bendiga ahora y siempre.

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