Enviame a mí

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí”. Isaías 6:8.

Siendo muy católicos, y después que Dios hubo obrado un portentoso milagro en nuestro hogar, visité la iglesia con mi madre. Tenía entonces diez años de edad. El predicador, un poderoso evangelista lleno de la unción del Espíritu Santo, predicó el mensaje de la Palabra de Dios. Entre unas veinticinco manos que se levantaban para aceptar al Señor como Salvador, también se levantaba mi pequeña mano.

El evangelista me invitó a pasar a la plataforma. Habló algunas palabras, y lleno del Espíritu Santo, posando sus manos sobre mi cabeza, orando al Señor, me dedicó al servicio del Señor, diciendo: “Señor, si Tú te tardares en venir, haz de este niño un predicador de Tu Evangelio”.

Transcurrieron los años, terminé mis estudios, comencé a trabajar en la empresa periodística más fuerte del país; ganaba mucho dinero, estaba muy satisfecho, aunque bien dentro en mi espíritu había una insatisfacción.

Después de Dios tratar conmigo en distintas ocasiones, y después de algunos años de estar trabajando, teniendo un futuro brillantísimo en la empresa, obedecí al Señor y renuncié a mi trabajo e ingresé a un Instituto Bíblico. Estando en mi primer año de estudios, Dios me llamó al campo misionero. Esto me resultó muy duro. S

Siempre que oraba Dios me llamaba, y opté por no orar con mucho fervor para no oír la voz de Dios llamándome. Pero vino un tiempo de crisis en mi vida, y comencé a buscar el rostro de Dios, y Dios volvió a hablarme y a llamarme, mas yo respondía al Señor que yo no saldría al campo misionero; que me resultaba muy duro abandonar mi familia, mi país, etcétera.

Un día mientras oraba, sentí la poderosa mano de Dios que me tomó por mi pecho y espalda, como quien toma un lápiz en su puño, y me decía: “Te necesito, ¿vas?”. Yo respondía: “No, Señor, envía a otro”. Su mano me oprimía un poco más, y volvía a decirme: “Te necesito, ¿vas?”. Volvía yo a responder: “No, Señor”. Su mano me oprimía aún más fuerte y volvía a preguntarme, mas yo seguía resistiendo. Al fin Su mano me apretó de tal modo que yo sentía que iba a ser triturado, y me dijo: “Hijo, ¿y ahora, estás listo para ir?”. Fue entonces que respondí: “Sí, Señor; está bien, yo iré. Tú me abrirás las puertas, y yo entraré por ellas”.

Cuando me decidí a obedecer, Su mano me soltó, y se adueñó de mí una paz, un gozo, una armonía y un espíritu de victoria que jamás me ha dejado.

Y a la verdad, que el recuerdo de ese apretón lleno de misericordia de la mano de Dios, juntamente con Su amorosa y cálida voz en mi corazón, me hace seguir con gozo la senda que Él me ha trazado; y aunque en el mejor desempeño de mi misión en el mundo y de mi responsabilidad ante Dios, grandes apretones he recibido de demonios y de hombres, de impíos y de creyentes, de laicos y de oficiales, no obstante, aquel misericordioso apretón de la mano de Dios siempre me recuerda que mis tratos son con el Señor y que solo ante Él soy responsable.

Recuerdo una vez, entre muchas, que me encontraba en el campo misionero bajo el fuego desde los cuatro lados. Era tiempo de revolución en Cuba, pero los tiros, las bombas, el fuego y los muertos que caían en las calles, no eran más devastadores para mi ánimo que el combate espiritual y moral que me encontraba librando solamente por obedecer a Dios.

La presión era tal, que comencé a claudicar, esto es, si permanecía en el campo misionero o si, por el contrario, salía. Ahora la lucha no solamente era fuera de mí, sino también dentro de mí.

Sintiéndome desfallecer y pensando en salir del campo misionero para complacer intereses humanos y de concilios, y mientras oraba una mañana, el Dios a quien sirvo con limpia conciencia, vino por Su Espíritu a fortalecerme, y como poniendo Su mano sobre mí, me dijo: “Mi siervo, aún es necesario que permanezcas en Cuba, hasta que Yo te avise. Yo seré contigo”.

Continuamos adelante ganando almas para Cristo y en cuatro años Dios nos había ayudado a levantar 45 nuevas iglesias y un cuerpo de obreros del Señor como de 60 compañeros. ¡Gloria a Dios!

Cuando más contentos estábamos en esta gran labor, el Espíritu Santo nos ordenó salir de Cuba. Aunque no entendíamos muy bien, obedecimos al Señor, dejando la Obra debidamente ordenada. Después de nuestra salida, 25 nuevas iglesias se han levantado, haciendo un total de 70, y cerca de 100 obreros del Señor.

Algunas razones por las cuales Dios nos ordenó salir, fueron: para que pudiéramos ayudar económicamente la Obra en Cuba; para que pudiéramos seguir levantando Obras en otros países, como Él nos había mostrado, y como lo hemos estado haciendo, como es el caso de Portugal, Colombia, Puerto Rico, etcétera; para que sigamos llevando el mensaje por todo el mundo; para Dios levantar un gran Movimiento Misionero Mundial. Amén.

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