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El siervo Johann Ludwig Krapf dejó una marca indeleble dentro de la historia de las misiones cristianas. Portavoz del Evangelio, recorrió el continente negro desde la costa del océano Índico hasta el golfo de Guinea presenciando los horrores de la esclavitud.

PIONERO DE LA CONVERSIÓN al cristianismo de las entrañas del África e impulsor del camino de la salvación en Cristo, el siervo Johann Ludwig Krapf dejó una huella imborrable dentro de la historia de las misiones evangélicas. Propagador de la Palabra de Dios que recorrió el continente negro desde la costa del océano Índico hasta el golfo de Guinea, fue un hombre de fe destinado a transformase en uno de los soldados de la cruz más destacados del siglo XIX.

Recordado hasta ahora por sus esfuerzos a favor de la difusión de la sana doctrina en suelo africano, el predicador Krapf nació el 11 de enero de 1810, en la localidad alemana de Derendingen. A la edad de trece años, fue enviado a una escuela de la ciudad de Tubinga donde aprendió latín y griego. Allí, además, mientras recibía una adecuada formación espiritual, se familiarizó con la geografía mundial y colocó una especial atención en los viajes marítimos.

En una clase con su maestro principal, escuchó una narración que lo condujo hacia la obra misionera. El relato fue acerca de la predicación del Evangelio entre los paganos. Nunca antes había oído algo similar, pero el ferviente llamado del Altísimo lo impresionó tanto que comenzó a pensar en convertirse en misionero. Entonces, decidió estudiar teología y se dedicó a escudriñar, de forma sistemática, las Sagradas Escrituras para conocer el mensaje de Jehová.

En 1825, con el deseo creciente de servir al Altísimo, se dirigió a pie a la urbe de Basilea para entrevistarse con el reverendo Christian Gottlieb Blumhardt, director del seminario misionero de aquella metrópoli, quien reconoció su empeño, pero le indicó que el primer requisito era la renovación del corazón. Con su autorización, permaneció una semana en la institución y se relacionó con las buenas nuevas y con verdaderos cristianos que oraban de rodillas.

Portavoz de Jesús

Dos años después, recibió una invitación para ingresar a la organización liderada por el pastor Blumhardt que lo llenó de un gozo inexplicable. Pronto, se sintió como en casa. Sin embargo, bajo reglas exigentes y férreas, entró en contacto con obras y escritos que, poco a poco, debilitaron sus intenciones de ser portavoz de las verdades de Jesucristo en tierras lejanas. En 1829, luego de hablar con las autoridades, regresó a su hogar con el objetivo de trabajar para el Redentor entre sus compatriotas.

Resuelto a enfrentar el paganismo imperante en suelo africano, se esforzó para difundir el Evangelio desde su llegada. Entregado a la voluntad divina, batalló no solo contra la indiferencia de la población nativa, que practicaba la hechicería y la idolatría, sino también contra la influencia de la Iglesia católica que se oponía, por aquellos días, a la presencia de misioneros protestantes.

Tras su paso por Basilea, se inscribió en la Universidad de Tubinga para instruirse en la doctrina del Señor. Con sus pensamientos envueltos, a menudo, en la Biblia, en la obra misionera y en las grandes necesidades de los paganos de todo el mundo, se preparó durante cinco años y culminó con éxito su aprendizaje en 1834.

Después de su graduación, optó por iniciar su ministerio pastoral predicando las revelaciones del Rey de Reyes en su país de origen. Ministro serio y fiel a sus obligaciones, arrancó en 1835 su trabajo evangelístico en el pueblo de Wolfenhausen donde, debido a las condiciones adversas del lugar, se vio obligado a sembrar la Palabra con sus propias manos. Empero, un año más

tarde, conoció al misionero Peter Fjellstedt, quien había estado en la India, y renovó sus esperanzas de marcharse a alguna nación distante para irradiar el poder del Mesías. Y casi al mismo tiempo renunció a su cargo. Tras retomar sus planes, el 1 de noviembre de 1836, fue aceptado por la Sociedad Misionera de la Iglesia. De inmediato, fue destinado a marcharse al Imperio etíope, conocido como Abisinia, situado en el noreste de África. El 6 de febrero de 1837, emprendió, desde Basilea, un largo viaje de alrededor de diez meses. En su recorrido, presenció los horrores de la esclavitud. Impactado, decidió que haría todo lo que estuviera a su alcance en beneficio de las almas.

Obrero perseverante

Resuelto a enfrentar el paganismo imperante en suelo africano, se esforzó para difundir el Evangelio desde su llegada. Entregado a la voluntad divina, batalló no solo contra la indiferencia de la población nativa, que practicaba la hechicería y la idolatría, sino también contra la influencia de la Iglesia católica que se oponía, por aquellos días, a la presencia de misioneros protestantes. Apoyado en la Biblia, soportó los embates del mal con firmeza y tranquilidad. El 11 de noviembre de 1843, después de más de cinco años de sacrificios, partió con destino a Zanzíbar, un archipiélago ubicado frente a la costa de África oriental, desde donde prosiguió con la comisión que Dios le había dado: ser luz para los gentiles. En mayo de 1844, se estableció en el puerto de Mombasa, emplazado a orillas del océano Índico, y comenzó a estudiar la lengua suajili. Luego, el 8 de junio del mismo año, inició la traducción de las Escrituras. Obrero perseverante, tuvo siempre la meta de conquistar África para Cristo, establecer una colonia para esclavos liberados, fundar una congregación local liderada por miembros nativos y montar una cadena de nueve o diez estaciones, con cuatro misioneros cada una, para extender el cristianismo desde Mombasa hasta Gabón. Viajero incansable, se trasladó por diferentes zonas del territorio africano para dar a conocer el poder del Evangelio y plantar la verdadera fe. A partir del 10 de junio de 1846, se relacionó con el misionero alemán John Rebmann, formado en Inglaterra, quien lo apoyó en el cumplimiento de sus quehaceres evangelísticos y lo alentó para insistir en la salvación de los mundanos. Durante más de tres años y medio, ambos ministros ofrecieron las buenas nuevas a los pobres y pregonaron libertad

Historia de vida

El siervo Johann Ludwig Krapf dejó una marca indeleble dentro de la historia de las misiones cristianas. Portavoz del Evangelio, recorrió el continente negro desde la costa del océano Índico hasta el golfo de Guinea presenciando los horrores de la esclavitud.

EL EVANGELIZADOR DE LAS ENTRAÑAS DEL ÁFRICA

EDWARD KRETZMANN

PIONERO DE LA CONVERSIÓN al cristianismo de las entrañas del África e impulsor del camino de la salvación en Cristo, el siervo Johann Ludwig Krapf dejó una huella imborrable dentro de la historia de las misiones evangélicas. Propagador de la Palabra de Dios que recorrió el continente negro desde la costa del océano Índico hasta el golfo de Guinea, fue un hombre de fe destinado a transformase en uno de los soldados de la cruz más destacados del siglo XIX. Recordado hasta ahora por sus esfuerzos a favor de la difusión de la sana doctrina en suelo africano, el predicador Krapf nació el 11 de enero de 1810, en la localidad alemana de Derendingen. A la edad de trece años, fue enviado a una escuela de la ciudad de Tubinga donde aprendió latín y griego. Allí, además, mientras recibía una adecuada formación espiritual, se familiarizó con la geografía mundial y colocó una especial atención en los viajes marítimos. En una clase con su maestro principal, escuchó una narración que lo condujo hacia la obra misionera. El relato fue acerca de la predicación del Evangelio entre los paganos. Nunca antes había oído algo similar, pero el ferviente llamado del Altísimo lo impresionó tanto que comenzó a pensar en convertirse en misionero. Entonces, decidió estudiar teología y se dedicó a escudriñar, de forma sistemática, las Sagradas Escrituras para conocer el mensaje de Jehová.

En 1825, con el deseo creciente de servir al Altísimo, se dirigió a pie a la urbe de Basilea para entrevistarse con el reverendo Christian Gottlieb Blumhardt, director del seminario misionero de aquella metrópoli, quien reconoció su empeño, pero le indicó que el primer requisito era la renovación del corazón. Con su autorización, permaneció una semana en la institución y se relacionó con las buenas nuevas y con verdaderos cristianos que oraban de rodillas.

Portavoz de Jesús

Dos años después, recibió una invitación para ingresar a la organización liderada por el pastor Blumhardt que lo llenó de un gozo inexplicable. Pronto, se sintió como en casa. Sin embargo, bajo reglas exigentes y férreas, entró en contacto con obras y escritos que, poco a poco, debilitaron sus intenciones de ser portavoz de las verdades de Jesucristo en tierras lejanas. En 1829, luego de hablar con las autoridades, regresó a su hogar con el objetivo de trabajar para el Redentor entre sus compatriotas.

Resuelto a enfrentar el paganismo imperante en suelo africano, se esforzó para difundir el Evangelio desde su llegada. Entregado a la voluntad divina, batalló no solo contra la indiferencia de la población nativa, que practicaba la hechicería y la idolatría, sino también contra la influencia de la Iglesia católica que se oponía, por aquellos días, a la presencia de misioneros protestantes.

Tras su paso por Basilea, se inscribió en la Universidad de Tubinga para instruirse en la doctrina del Señor. Con sus pensamientos envueltos, a menudo, en la Biblia, en la obra misionera y en las grandes necesidades de los paganos de todo el mundo, se preparó durante cinco años y culminó con éxito su aprendizaje en 1834. Después de su graduación, optó por iniciar su ministerio pastoral predicando las revelaciones del Rey de Reyes en su país de origen. Ministro serio y fiel a sus obligaciones, arrancó en 1835 su trabajo evangelístico en el pueblo de Wolfenhausen donde, debido a las condiciones adversas del lugar, se vio obligado a sembrar la Palabra con sus propias manos. Empero, un año más

tarde, conoció al misionero Peter Fjellstedt, quien había estado en la India, y renovó sus esperanzas de marcharse a alguna nación distante para irradiar el poder del Mesías. Y casi al mismo tiempo renunció a su cargo. Tras retomar sus planes, el 1 de noviembre de 1836, fue aceptado por la Sociedad Misionera de la Iglesia. De inmediato, fue destinado a marcharse al Imperio etíope, conocido como Abisinia, situado en el noreste de África. El 6 de febrero de 1837, emprendió, desde Basilea, un largo viaje de alrededor de diez meses. En su recorrido, presenció los horrores de la esclavitud. Impactado, decidió que haría todo lo que estuviera a su alcance en beneficio de las almas.

Obrero perseverante

Resuelto a enfrentar el paganismo imperante en suelo africano, se esforzó para difundir el Evangelio desde su llegada. Entregado a la voluntad divina, batalló no solo contra la indiferencia de la población nativa, que practicaba la hechicería y la idolatría, sino también contra la influencia de la Iglesia católica que se oponía, por aquellos días, a la presencia de misioneros protestantes. Apoyado en la Biblia, soportó los embates del mal con firmeza y tranquilidad. El 11 de noviembre de 1843, después de más de cinco años de sacrificios, partió con destino a Zanzíbar, un archipiélago ubicado frente a la costa de África oriental, desde donde prosiguió con la comisión que Dios le había dado: ser luz para los gentiles.

En mayo de 1844, se estableció en el puerto de Mombasa, emplazado a orillas del océano Índico, y comenzó a estudiar la lengua suajili. Luego, el 8 de junio del mismo año, inició la traducción de las Escrituras. Obrero perseverante, tuvo siempre la meta de conquistar África para Cristo, establecer una colonia para esclavos liberados, fundar una congregación local liderada por miembros nativos y montar una cadena de nueve o diez estaciones, con cuatro misioneros cada una, para extender el cristianismo desde Mombasa hasta Gabón.

Viajero incansable, se trasladó por diferentes zonas del territorio africano para dar a conocer el poder del Evangelio y plantar la verdadera fe. A partir del 10 de junio de 1846, se relacionó con el misionero alemán John Rebmann, formado en Inglaterra, quien lo apoyó en el cumplimiento de sus quehaceres evangelísticos y lo alentó para insistir en la salvación de los mundanos. Durante más de tres años y medio, ambos ministros ofrecieron las buenas nuevas a los pobres y pregonaron libertad

Ejemplo de valor, se presentó en su país en junio de 1850 para interceder por la cristianización de África. En su breve estancia en Europa, en los claustros de la Universidad de Tubinga, editó una obra que contenía un magnífico vocabulario de los seis principales idiomas africanos, una publicación con su interpretación del Evangelio según San Marcos y un esquema de la gramatical del suajili. a los cautivos. En enero de 1847, el hermano Krapf finalizó la redacción de un diccionario de inglés a suajili.

Guiado por el Señor

Ejemplo de valor, se presentó en su país en junio de 1850 para interceder por la cristianización de África. En su breve estancia en Europa, en los claustros de la Universidad de Tubinga, editó una obra que contenía un magnífico vocabulario de los seis principales idiomas africanos, una publicación con su interpretación del Evangelio según San Marcos y un esquema de la gramatica del suajili.

Con arrojo, en su vida misionera, se desvivió para traducir las Escrituras. Representante del reino de los cielos, tan pronto retomó sus tareas pastorales, realizó obras de amor, humildad, paciencia y abnegación para predicar la sana doctrina entre los aborígenes del continente negro. En las más de treinta exploraciones que llevó a cabo en esta parte del mundo, contrarrestó a los seguidores del diablo con el poder de la fe, la oración y la verdad. Hasta el final de su biografía, se interesó porque el nombre de Jesucristo retumbara en la Tierra. Preocupado por los inconversos, pasó gran parte de su existencia en la superficie africana transmitiendo la Palabra del Creador.

Sin dudas, fue una labor, desarrollada en tres etapas que se extendieron de 1838 a 1855, de 1861 a 1865 y de 1866 y a 1868, cuyo rastro marcó el camino para la transformación de una región necesitada de las bendiciones del Espíritu Santo. Un cometido que aún se recuerda y se valora porque influyó para que más misioneros se establecieran en África.

El 26 de noviembre de 1881, cuando se encontraba residiendo en Alemania, el reverendo John Ludwig Krapf fue llamado a la vida eterna. Guiado por el Señor, mientras oraba al costado de su cama, se marchó al cielo después de haber hecho la buena profesión delante de muchos testigos. Cuatro días más tarde, fue enterrado en un servicio fúnebre al que asistieron cerca de tres mil fieles quienes lo honraron por haber sido uno de los precursores del sometimiento del territorio africano ante la autoridad celestial.

Por Edward Kretzmann

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